miércoles, 22 de febrero de 2012

TRAGEDIA EN SA PEREYRA. 34 AÑOS DESPUÉS

El próximo sábado 25 de febrero se cumplirán 34 años de uno de los peores accidentes ferroviarios de la historia del país. El tren Estrella del Norte que se dirigía desde Tucumán a Retiro impactó con un camión en un peligroso cruce sobre la ruta nacional 19, a la altura de la localidad santafesina de Sa Pereyra. Producto de la tragedia 55 personas perdieron la vida.



El hecho se desencadenó en la mañana de aquél 25 de febrero de 1978, el tren que debía llegar a Buenos Aires, embistió a un camión cuando éste intentaba cruzar el paso a nivel antes que el Estrella del Norte. En el tren viajaban 2130 pasajeros.
Cuando faltaban unos dos mil metros para el cruce, el maquinista hizo sonar el silbato de la locomotora porque sabía que era una intersección muy peligrosa. La alarma del cruce hizo sonar su chicharra estridente al tiempo que se encendían los semáforos rojos intermitentes. Un coche de larga distancia pasó por las vías y detrás de él un camión con acoplado. Éste aceleró para pasar, pero el pesado vehículo respondió muy despacio.


Según los testigos del accidente, la locomotora había saltado de las vías y se desplomaba volcando paralelo a ellas, el tren siguió su recorrido por cientos de metros hasta que los dos coches del centro se fundieron incrustándose entre sí en un abrazo de hierros y maderas.


Los vecinos escucharon un estruendo y gritos de espanto y dolor que crecían en los instantes posteriores al impacto. Los habitantes de Sa Pereira, superados por un centenar de los pasajeros del tren se fueron multiplicando para ayudar, obedecieron órdenes de policías y bomberos que iban llegando desde San Jerónimo, Esperanza, San Francisco, Rafaela, Gálvez, Rosario, Santa Fe, Paraná, así como de otras poblaciones vecinas. El hecho conmocionó al país, pues murieron 55 personas y otras 55 resultaron gravemente heridas.


martes, 21 de febrero de 2012

"BURBUJAS DE AMOR" EN NÚMEROS

GRAN CANTIDAD DE VISITAS A LA PÁGINA DE FACEBOOK DE ROMÁNTICA 90.7 DEL

DÍA DE LOS ENAMORADOS EN SOLO DOS SEMANAS. IMPORTANTE PARTICIPACIÓN DE LOS OYENTES, SU 

REPERCUSIÓN Y ESTADÍSTICAS EN LA RED. 

EL DATO:


8.361 PERSONAS INGRESARON A  LA PÁGINA EN SÓLO SEIS DÍAS, RÉCORD DE VISITAS.


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viernes, 17 de febrero de 2012

"EFECTO LLEGADA WALL MART" A SAN FRANCISCO

PÁGINA NEGRA EN LA HISTORIA DEL CARNAVAL SANFRANCISQUEÑO

La época de carnaval es un momento festivo, con mucho color, música y alegría. Es una de las fiestas populares históricamente más tradicionales. En San Francisco los carnavales fueron desde antaño celebraciones muy alegres, con desfiles, carrozas, disfraces, una ocasión que nadie quería perderse. Pero un desgraciado suceso a fines de los 60 empañó la fiesta y condenó a los sanfrancisqueños a varios años sin carnaval.

                                                                                          
            
Durante la década del 60 los carnavales en nuestra ciudad tuvieron su apogeo, pues los corsos eran el evento de mayor importancia en la zona, desfiles de innumerables carrozas y comparsas que venían de diferentes lugares, transformaban el empedrado y gris Bulevar 25 de Mayo, en el escenario de la fiesta. Desde la abuela hasta el más pequeño de la casa asistía con entusiasmo, todo un acontecimiento en la ciudad.



Los “Carnavales del Año 2000” se denominaban los corsos y eran organizados por la Cámara Junior de nuestra ciudad. Ésta era una institución de servicio, formada por jóvenes menores de 40 años que tenían una participación sumamente activa en cuestiones citadinas. Esta organización de fuerte presencia, empezó a desmoronarse junto a los corsos. Un desafortunado hecho provocó pánico entre los presentes y terminó con los carnavales en la ciudad.
En febrero del 69, la esquina de San Luis y 25 de Mayo fue testigo, junto a cientos de personas del horror. Las comparsas que venían de afuera tiraban bombas, una de ellas no se elevó y el mortero explotó, convirtiendo la fiesta en desgracia. La explosión desparramó esquirlas e hirió a muchas personas. “La  gente huía despavorida, muchos ensangrentados, fue realmente espantoso, no sabíamos para donde salir corriendo”, relata Ricardo Venier, un hombre que fue testigo junto a su pequeño hijo de aquél episodio.
Este señor, que hoy tiene 87 años,  se encontraba en ese momento junto a su hijo de siete disfrutando de la fiesta, cuando escucharon el fuerte estruendo y vieron como todos corrían desesperados. “Estábamos a unos sesenta metros del lugar y en ese amontonamiento de gente que gritaba y corría, perdí por unos segundos de vista a mi niño, la verdad es que fue terrible, muchísimos lesionados”, recuerda Venier.
Los pedazos de hierro desparramados con fuerza por el aire a no más de 50 centímetros del piso, ocasionaron importantes lastimaduras en la gente. Venier se acuerda que algunos heridos fueron subidos en camionetas y llevados al hospital. Quien tuvo la peor parte fue una mujer que perdió una de sus piernas con la explosión.
Este infortunado hecho provocó el final de la época dorada de los corsos en San Francisco y la desaparición gradual de la Cámara Junior en la ciudad. Después de este episodio, los carnavales se demonizaron y todo lo referido al tema era visto como desgracia. Con el paso de los años volvieron los festejos, aunque con menor importancia y aquél  desdichado final del carnaval de 69 quedó lisa y llanamente en el olvido.


Fotos Gentileza de la Fundación Archivo Gráfico y Museo Histórico de San Francisco

miércoles, 15 de febrero de 2012

CONOCÉ LAS HABILIDADES DEL PERRO DE UN SENADOR ($36.000 AL MES)

El ingeniero ordenó a su perro:
- ¡Escalímetro, muestra tus habilidades!
El perro agarró un martillo, unas tablas y se armó solito una cucha.
Todos admitieron que era increíble.
... El contador dijo que su perro podía hacer algo mejor:
- ¡Cash, muestra tus habilidades!
El perro fue a la cocina, volvió con 24 galletas y las dividió en 8 pilas de 3 galletitas cada una.
Todos admitieron que era genial..
El químico dijo que su perro podía hacer algo aún mejor:
- ¡Óxido, muestra tus habilidades!
Óxido caminó hasta la heladera, tomó un litro de leche, peló una banana, tomó la licuadora y se hizo un batido.
Todos aceptaron que era impresionante.
El informático sabía que podía ganarles a todos:
- ¡Megabyte, hazlo !
Megabyte atravesó el cuarto, encendió la computadora, controló si tenía virus, mejoró el sistema operativo, mandó un e-mail e instaló un juego excelente. Todos sabían que esto era muy difícil de superar.
Todos miraron de reojo al político y le dijeron:
-Y su perro, ¿qué puede hacer…?
El político llamó a su perro y dijo:
- ¡SENADOR, muestra tus habilidades!
SENADOR se paró de un salto, se comió las galletas, se tomó el batido, cagó en la alfombra, borró todos los archivos de la computadora, armó trifulca con los otros cuatro perros, ocupó la cucha con un título de propiedad falso y alegó inmunidad parlamentaria…


martes, 14 de febrero de 2012

QUESOS CREMOSOS CONTAMINADOS. Un estudio del INTI revela la presencia de hongos


Una investigación realizada por el Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI) a cargo del Ingeniero Pedro Brunetto, pone de manifiesto la presencia de bacterias contaminantes en la composición de quesos cremosos. El análisis de los productos se realizó en conjunto con el INTI Rafaela. El estudio se llevó a cabo en una muestra de 42 quesos de diferentes marcas, teniendo en cuenta los cánones establecidos por el Código Alimentario Argentino.


En el siguiente link puede acceder al informe completo y al listado de marcas con sus respectivos resultados del estudio:

http://www.inti.gob.ar/productos/pdf/informe_quesos_cremosos.pdf

miércoles, 4 de enero de 2012

ZAPATOS ROTOS. El zapatero, oficio en extinción.

Olor a cemento de contacto y cuero recién lustrado, montañas de zapatos, zapatillas, sandalias, botas y alpargatas. El sol que ingresa tímidamente por la ventana, un paisaje algo oscuro, con ligeras brisas de aire, y espacio reducido. Delantal puesto, anteojos por si la vista falla, tijeras en mano, tela y siempre una sonrisa en los labios, Juan Feliciano Ramón Vega se dispone a remendar un par de zapatillas, con el que el uso frecuente, el paso del tiempo y el pobre material de fabricación, no tuvieron piedad.
Aseguran algunos que los zapatos que usamos dicen mucho de nosotros, entonces de ser así, Juan conocería cuasi radiográficamente a cada uno de sus clientes.  Algo que no debería sorprendernos porque tiene 78 años y hace más de sesenta que lleva su vida dedicado al oficio. “Soy del tiempo que ponían un montón de nombres, el del padre, el abuelo, el tío”, cuenta sonriendo y agrega, “Toda la vida dedicado a esto y ya es difícil que cambie, cuando uno empieza de chico, francamente creo que uno aprende más”.
Pasó su adolescencia atado a los zapatos, a los 15 años ya era oficial, desde los 7 ayudaba a un zapatero lustrando cuanto calzado le dieran. Ingresó a este oficio, casi por obligación, cuando su padre murió, su madre lo mandó con un italiano del barrio para que le enseñara. Sin embargo Juan no estaba conforme, porque haciendo changas ganaba como un hombre que trabajaba todo el día y el italiano solo le pagaba diez centavos por jornada.
“A mí no se me dio por estudiar esto, yo quedé huérfano de padre a los seis años y a los siete y algo, ya andaba en la calle haciendo una cosa u otra. Mi madre era una gringa que pensaba más allá y me puso a trabajar para que tuviera un oficio, muy por encima de mi gusto porque yo ganaba más limpiando veredas, cortando el césped, vendiendo verduras, que con el italiano, aunque era un hombre muy bueno y siempre me tiraba alguna moneda más”, relata Vega.
Cuando Juan cumplió 20 años ingresó al servicio militar, en donde a raíz de su vasto conocimiento en el oficio, lo pusieron a cargo de la zapatería del cuartel. Cuando retornó a su vida habitual, trabajó algún tiempo con su patrón anterior, para luego separarse y abrir su propio taller de reparación de calzado por calle Pellegrini al 700. Ahí estuvo unos pocos años y después finalmente se mudó por Sarmiento al 870, donde actualmente trabaja.
Este padre de familia, cuenta orgulloso que es “casado por la ley” y tiene dos hijos, cuatro nietos y dos bisniestos. “Al principio lo traje a mi hijo acá conmigo, como yo me crié trabajando quería que él también lo hiciera. Pero ya cuando fue más grande, esto tampoco daba para dos y él se empezó a dedicar a otra cosa, ahora es profesor”, explica el hombre ante la pregunta de si dejó su legado a alguno de su familia.
Tacones lejanos
La extinción de algunos oficios, probablemente venga aparejada a los avances tecnológicos, aun así algunos trabajos manuales no caducan. Es el caso de nuestro amigo Juan Feliciano, no hay pocos zapateros porque haya poco trabajo, sino porque es un oficio que se trasmite, que se enseña y cada vez, quizás, haya menos interesados en aprender. Aun así, el trabajo que realizaban antes era el de un verdadero artesano, pues cosían a mano y hasta dibujos formaban con el hilo.
“Antes se hacía todo a mano y era distinto porque eran trabajos más delicados, por ejemplo la suela había que coserla todo a mano, el hilo lo hacíamos nosotros, con hilaza de lino y las suelas se cosían con cerda de jabalí, había muchas cosas. Antes era toda una artesanía, se trabajaba con herramientas en caliente para darle forma, todas esas cosas. Acá hasta algunos dibujos le hacíamos a la suela. Ahora no, es una cuca trabajar”, señala el hombre.
Tan difícil como encontrar un buen zapatero se volvió encontrar un buen zapato, según Don Vega, “La calidad de los zapatos tampoco es igual a la de antes, nada que ver porque antes venían todos plantillados, hay zapatos más o menos buenos, pero nada que ver con antes. Así es todo más rápido, hay más ventas, más trabajo”.
Una frase que tiene presente en todo momento el hombre es que “el cliente siempre tiene la razón”, tal vez sea eso lo que le permite seguir trabajando muy bien y renovar permanentemente sus clientes. “La clientela se renueva, tengo un radio muy grande de clientes, de pueblos vecinos, tengo hasta gente de Córdoba, que han sido de acá y ahora viven allá, me envían con comisionista y después los pasan a buscar. De tantos años, tengo una clientela bárbara, voy sacando zapatos de todos lados, siempre tengo trabajo”, revela el zapatero.

Aun así, Juan confiesa que el cliente de antes era muy delicado y hoy ya no, porque es más conformista. “Antes tenías que darle todo hecho un lujo porque si no, no estaba conforme. Hay clientes delicados, pero hoy ya no. Ya no se hacen más las suelas cosidas tampoco”, explica Vega. Este trabajador sanfrancisqueño, manifiesta que con su oficio no se pasa necesidades, pero para ello es imprescindible la constancia de estar entre cuatro paredes, durante largas horas, trabajando sin parar.
“En este oficio vos no te morís de hambre, no hacés plata, pero siempre tenés algo, podés llegar a tener una casa, a lo mejor un auto, pero de ahí para arriba no vas mucho más. No te renta como para vivir de lujo pero te ayuda mucho”, cuenta el zapatero. Y agrega, “Esto fue todo para mí porque yo con esto viví, formé mi familia, me hice la casa. Claro que la casa me la hice a pulmón y en compañía de mi señora, ella trabajaba con la pala, conmigo, todo a pulmón”.
En una mañana de verano, el calor no da tregua en el taller de Juan, el sol comienza a pegar de lleno y en pocos minutos ese pequeño espacio en donde el hombre desempeña su labor, empieza a encenderse. Sin embargo, todos los días cuando la puerta de aquél garaje se abre, don Vega vuelve a elegir sentarse entre las montañas de calzados y con mucha pasión y dedicación tiempo completo remendar ese zapato, compañero de caminos.